20/6/2011
INTRODUCCIÓN
Arenas de la Despernada es una tranquila localidad de la sierra madrileña. Un parque acuático, una universidad privada y un montón de chalets de colores dibujan el perfecto paisaje residencial. Casi tan perfecto como el noviazgo de Aarón y Andrea. Pero un día se produce un robo en una tienda y Davo, el mejor amigo de Aarón, es tiroteado. Corroído por la culpa, Aarón investiga el asalto, intrigado por el hecho de que treinta años atrás ocurrió otro muy similar en la misma tienda. La maldición que esconde Arenas, y que Aarón irá descubriendo obsesivamente, se remonta a 1909, cuando se produjo el primer atraco. Ya van cuatro. Y Aarón concluye que aún habrá un quinto: ¿quién será esta vez el asesinado? Un niño, tiene que ser un niño de nueve años. Leo. Aarón tiene que encontrarlo antes de que sea demasiado tarde. Sólo él puede ponerle fin a la maldición.
El aviso no sólo es una historia llena de tensión y angustia. Una extraordinaria primera novela con un poderoso lenguaje visual y un argumento sorprendente que cautivará al lector con la misma obsesión y desasosiego que siente Aarón ante el bucle de atracos y asesinatos que esconde Arenas de la Despernada. Paul Pen sabe cómo sembrar el relato de las dosis de intriga suficientes y darle el ritmo necesario para que no podamos despegarnos de un libro que es también una novela de personajes, psicológica, tan bien construidos, como Aaron, Davo o el niño Leo, que rápidamente el lector se siente como uno de ellos. Un enigma de edades, lugares y paralelismos que está condenado a durar cien años... y que no puede dejarse de leer. Una novela de intriga, de terror... Absorbente y poderosa. Una historia que hubiera firmado Stephen King o Davis Grubb.
El AUTOR
Paul Pen (Madrid, 1979), licenciado en Comunicación Audiovisual, trabaja en prensa y televisión. Ha sido redactor de las revistas Zero y FHM, y guionista del programa de televisión Supervivientes. Escribe ficción desde que leyó Las Brujas, de Roald Dahl -el autor que más le ha marcado junto con Stephen King-, pero no se considerará escritor hasta que no vea la edición de bolsillo de una novela suya vendiéndose en los aeropuertos. Su relato Una escena matrimonial del todo insólita fue seleccionado para formar parte de Visiones 2007, antología anual de nuevos autores que publica la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror. También ha publicado Kokomo, relato que quedó finalista en el III Certamen Internacional de Relatos La Cerilla Mágica. El aviso es su primera novela y ya está trabajando en la segunda.
LA NOVELA
Leo es un niño aparentemente como todos los demás. Aún no ha cumplido nueve años, pero, a diferencia de sus compañeros, nunca quiere ir a la tienda del americano. El lugar que cada tarde se convierte en tierra prometida de azúcar y diversión para los alumnos del colegio. El Open. En realidad la tienda se llamaba de otra forma, pero la palabra escrita en neón que brillaba por las noches en morado y amarillo sobre la puerta había acabado por convertirse en su verdadero nombre. Algunos decían que el señor Palmer, el dueño, se había traído el cartel con él desde Estados Unidos.
Leo no quería ir al Open porque tenía miedo a que le pegaran un tiro. Eso decía el Brecha, el líder del curso. Un tiro como el que le dieron a Davo. Ahí mismo, en el Open, un viernes de mayo unos años antes, en el 2000, sin tiempo si quiera a darse cuenta. Davo nunca habría tenido que estar ese día en la tienda del americano. Sólo fue para hacerle un favor a Aaron, su mejor amigo, y llevarle la medicación del corazón al señor Palmer. Era Aarón quién debía haber recibido aquella bala.
Eso es lo que pensaba Aarón, lo que le decía a Drea, su novia. "Ha sido mi culpa". Es lo que creía en el hospital mirando a Davo, que se asomaba al abismo del coma a través de un agujero abierto en su pecho por una bala que le había entrado por el lado izquierdo de la espalda. Pero la culpa no es algo con lo que se pueda vivir. Y para Aarón tan sólo hay una manera de redimirse: encontrar al que disparó.
La única pista se la da un testigo y un periódico de 1971: "Aquí pone que cuando sólo era una gasolinera también hubo un atraco y mataron a un chico -lee Aarón a su novia-. Sería antes de que el americano abriera la tienda, ¿no? Lo ha contado un hombre que estaba presente en el lugar cuando sucedió".
No fue la primera vez. Antes del Open, antes de la gasolinera, aquel local fue una relojería. En ella murió su fundador, en 1909, y años más tardes, en otro intento de robo, en 1950 su propio hijo. "El segundo miembro de la familia Canal que mataban en el mismo sitio -Isaac Canal, la tercera generación, le confiesa a Aarón-. La gente de Arenas comenzó a hablar de la maldición de los Canal, y mi madre vendió el establecimiento. Estuvo cerrado mucho tiempo, hasta que alguien lo compró para abrir la gasolinera. Antes que el americano. Para mí, Arenas dejó de existir. La maldición de los Canal, decían. La maldición de Arenas, la llamaría yo".
Es lo que necesitaba Aaron para explicarle a una incrédula Andrea: "No es posible que esto sea casualidad. Ha ocurrido lo mismo cuatro veces en ese lugar. Tiene que haber alguna explicación. Y no me voy a quedar tranquilo hasta que la descubra. Porque creo que yo debería haber sido el cuarto, no Davo".
La verdad era aún peor. Aarón concluye que habrá un quinto atraco, un quinto asesinato. Tiene que haberlo: todas las personas que estaban presente en ese local durante los robos tenían la misma edad, siempre eran cinco y uno de ellos era un niño de nueve años. Siempre hay un niño de nueve años. El único personaje de aquella maldición que hasta ahora no había fallecido. La próxima víctima tenía que ser un niño.
Y Aarón tiene que encontrarlo. Un niño nacido justo el día en el que se produjo el tiroteo de Davo. Siempre es así: quien muere en el siguiente atraco es el que nació justo el día del asalto anterior, quien nació justo el día en el que muere alguien en lo que fue o es la tienda del americano. Lo único es que en el Hospital Universitario de Arenas de la Despernada no consta ningún nacimiento ese día. Algo no encaja, pero tiene que ser Leo, Leonardo Cruz:
No pretendo asustarte, pero sería imposible explicarlo. Por favor, no vayas a la tienda de la gasolinera de Arenas. La tienda del americano. No vayas el 14 de agosto de 2009. No quiero asustarte, pero podría ser la fecha de tu muerte. No vayas. Lo siento, tenía que avisarte.
Es el aviso. Leo lo sabe, lo intuye desde que el Brecha se lo anunció. Y se muere de miedo. Pero sus padres no le creen. Tan sólo que esa nota la ha escrito él mismo, para llamar la atención. Así que ese día, con nueve años, su padre le obliga a entrar donde el americano, que así sigue llamándose el Open, aunque el señor Palmer ya se ha jubilado. Pero no, no ocurre nada. Aarón estaba equivocado. O puede ser que sólo se haya confundido con la fecha. O que ese atraco, repetido como una maldición centenaria, se haya por fin acabado.
Quizás sea Leo quien tenga la respuesta. Ese Leo que le habla a su padre, Amador, del destino, la reencarnación y las vidas sucesivas. Pero nadie debería saber demasiado sobre su propio destino. Y mucho menos un niño de nueve años.
PERSONAJES
Aarón. Dependiente de la farmacia, conoce al señor Palmer, el dueño del Open, desde que era un niño. Ambos tienen una extraña sintonía. Él le lleva la medicación contra la aritmia al americano, y éste le regala la gasolina. Íntimo amigo de Davo, no se siente capaz de casarse con Andrea, su novia de diez años. Apasionado de las matemáticas, sentirá el peso de la culpa cuando Davo es tiroteado en el Open. Será él quien averigüe la maldición de los atracos de Arenas de la Despernada. Su única meta será avisar a la siguiente víctima: un niño de nueve años.
Leo. Tiene un gato, Pi, al que le da caramelos Pez. Leonardo Cruz es "un poco raro", según las convenciones sociales: le gusta las matemáticas y leer libros. Es serio y ordenado. Y ya con siete años es capaz de conversar sobre la predestinación. No tiene amigos. En el colegio le han dejado de lado porque es un "miedica", que se niega a ir al Open, a la tienda del americano. Nació en el doce de junio del 2000. Nunca llegó a conocer a Aarón.
El señor Palmer. El señor Palmer, un americano de Kansas que había llegado a España en barco, llevaba más de la mitad de su vida al frente de aquella tienda. Compró la vieja gasolinera de Arenas a precio de ganga, y colgó sobre la puerta el cartel de neón que le robó a un jefe déspota, el de la otra tienda en la que había trabajado, en Galena, su pueblo natal. Cuando llegó, a mediados de los setenta, Arenas todavía no era más que una calle y un par de proyectos de futuras urbanizaciones.
David Mirabal. Davo, para Aarón. Es su compañero en la farmacia y su mejor amigo. Juntos han comprado los billetes de un viaje a Cuba. "Tú y yo solo -le dice David a Aarón- . Para celebrar tu nueva vida. O para llorar juntos. Lo que tú prefieras" y olvidar la separación de Andrea. Serán David quien la noche del atraco le lleve al señor Palmer los antihipertensivos y vasodilatadores que, normalmente, le habría llevado Aarón. Pero esa noche, después de romper con Andrea, Aarón se quedó en casa. El hermano de David, Héctor, es policía local.
Andrea. La novia de Aarón. Su gran amor. Rompen después de diez años. Aarón ha tenido un desliz con Rebeca, una becaria de la farmacia. Y le ha confesado, además, que no está preparado para ser padre. Andrea, forzada por su madre, le había urgido semanas antes a casarse por la Iglesia. Aún así, Drea, como la llama Aarón, permanecerá a su lado durante el coma de David. Y a ella, sólo a ella, le contará todas sus teorías sobre los atracos en la tienda del americano.
Amador y Victoria. Los padres de Leo simbolizan las figuras paternas tan presentes en El aviso. Ambos son abogados y tendrán un papel fundamental en el destino de su hijo. Por un lado, Amador ve en él todo lo que no llegó nunca a ser: la pasión por las matemáticas, por la lectura, por la sinceridad. Por eso no acepta el miedo que su hijo manifiesta cuando ha de ir al Open. Victoria, que cada día se siente más alejada de Leo, le convencerá para vaya a la fuerza: incluso el día que nunca debió de cruzar la puerta de la tienda del americano. Ninguno de los dos se lo perdonarán.
LOS MENSAJES
Un mismo aviso. Tres mensajes. Dos llegar por carta. La primera será el Señor Palmer quien la coloque, sin él saberlo, en la mochila de Leo. La otra, mecanografiada e interrumpida, le llega por correo. El tercer mensaje se lo da Drea, aunque Leo no sabe quién es. Nunca la había visto antes, ni a él ni Aaron:
No pretendo asustarte, pero sería imposible explicarlo. Por favor, no vayas a la tienda de la gasolinera de Arenas. La tienda del americano. No vayas el 14 de agosto de 2009. No quiero asustarte, pero podría ser la fecha de tu muerte. No vayas. Lo siento, tenía que avisarte.
Alguien quiere advertirte de que algo malo pasará en agosto de 2009. No recuerdo el día. No sé más. Cuéntale esto a un adulto o a tus padres. No puedo hacer más. No puedo jugarme...
-¿Leo? -dijo la voz. Pronunció el nombre de una forma extraña-. ¿Eres Leo? Escúchame, Leo, sé que ya te han avisado de lo que puede pasar el 14 de agosto. No vayas a esa tienda. Voy a intentar que no pase nada. Pero tú no debes ir. Yo soy...
LA ESTRUCTURA
Un prólogo, veinticuatro capítulos y un epílogo para crear una estructura redonda de ritomo y suspense. Leo, el niño, es el protagonista del prólogo y de los capítulos pares. Aarón, de los impares. En el epílogo el foco recae sobre Victoria, la madre de Leo. Una estructura que encierra varias claves temporales, entre el cuarto asesinato y la fecha en el que Aaarón cree que se producirá un quinto atraco. Del año 2000 al 2009. Aunque la maldición de Arenas, la maldición de los Canal, comienza justo en el 1909, pero lo que vamos a saber de ella -como de los atracos de 1950 y 1971- siempre será de la mano de Aarón. El peso del relato, con notable presencia de Drea y los padres de Leo, Amador y Victoria, recae, por tanto, en Aarón y Leo, conectados con una gran sintonía. Uno se parece mucho al otro. Es el destino o quizás la reencarnación...
ARENAS DE LA DESPERNADA
Arenas, a tan sólo cuarenta kilómetros al noroeste de Madrid, no es más que un pueblo sobredimensionado a base de urbanizaciones, un gran charco de tranquilidad residencial. Cuando llegó el señor Palmer, a mediados de los setenta, Arenas todavía no era más que una calle y un par de proyectos de futuras urbanizaciones. Desde la gasolinera y el Open, la tienda del americano, el señor Palmer vio crecer el pueblo a medida que se construía una universidad privada, un parque acuático -Aquatopia, que presumía de tener el tobogán más grande de toda Europa- y tantos chalés adosados como lágrimas derramó la señora Palmer, que echaba tanto de menos Kansas que casi parecía que ella y su marido hubieran emigrado a Oz y no a Europa.
Con ellos, vinieron sus familias. Más familias. El sector privado de la construcción no tardó en explotar el filón, construyendo urbanizaciones cada vez más alejadas del centro histórico del pueblo, que perdió toda su importancia. Como también lo hizo su nombre real: Arenas de la Despernada (nombre que todos los habitantes acortaban por comodidad, o quizá también para evitar la referencia a la mujer de la nobleza que, según la leyenda, había perdido ambas piernas durante la fundación del pueblo). La población se aglutinó en chalés con jardín delantero y trasero, cuidadas vallas y pequeñas piscinas de originales formas.
Nada que ver con aquel pueblo de la sierra que ya en 1909 o así daba cobijo a más de mim personas. La guerra civil pudo con él, hasta que la fábrica de relojes de los Canal, a quince kilómetros, había hecho que los primeros trabajadores se mudaran al pueblo en los años setenta. Las comunicaciones por carretera con Madrid aún eran demasiado incómodas como para atraer a más gente. Después mejoraron la A-6 y Arenas empezó a crecer. Eso y la decisión del alcalde de dar matrícula universitaria gratuita a aquellos niños que hubieran completado su ciclo escolar en el colegio del pueblo.
Arenas tenía una ciudadanía joven y familiar, formada por matrimonios con dinero que se trasladaron desde la gran ciudad para vivir en un lugar donde sus hijos podían empezar la guardería y licenciarse en la universidad sin necesidad de salir del pueblo. Unos niños que además vivirían una infancia feliz creciendo en Lago Arenas, otro símbolo local, o lanzándose por los toboganes del Aquatopia. Una ciudad residencial a la que no convenía ninguna maldición. O ya lo era.
LINKS
El superviviente 19. Blog de Paul Pen sobre el rodaje de Supervivientes (Tele 5) en Honduras. http://blogs.telecinco.es/elsuperviviente19/
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